CRISTO, NUESTRO ABOGADO

1a. “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis”.

En los tres últimos versículos del capítulo anterior Juan ha estado hablando a sus discípulos acerca del pecado, afirmando que el que niega haber pecado no sólo se engaña a sí mismo, sino que además hace aparecer a Dios como mentiroso. Esta observación le hace dirigirse de pronto conmovido a sus lectores con el afecto de un padre amoroso, llamándolos “Hijitos” (teknía), interrumpiendo un momento su discurso. Él les asegura que ha escrito lo antedicho para que no pequen. Esa es su preocupación. Antes les ha explicado que ninguno está libre del peligro de pecar. Ahora insiste: el peligro es real, procurad no caer en él.

Pero él no desarrolla a continuación -como desearíamos- una teología del pecado, ni les dice por qué deben evitar el pecado. Simplemente les advierte contra él.

Pero nosotros sí podemos explicar por qué es tan grave que un cristiano peque, ya que muchos pasajes de las Escrituras hablan de ello. Isaías 59:2, por ejemplo, lo expone claramente: Porque el pecado levanta una barrera de separación entre nosotros y Dios y nos priva de nuestra comunión con Él. Pero sobre todo, porque ofende a nuestro Creador, y eso es lo más terrible que nosotros podemos hacer.

Aunque él enseguida nos recuerde cuál es el remedio del pecado, debemos reconocer que el pecado, aunque nos sea perdonado, deja una cicatriz en el alma y representa una interrupción y un retroceso en nuestro progreso hacia una mayor intimidad con Dios. El que evita el pecado, el que nunca o casi nunca peca, camina más rápido hacia esa meta a la que todo cristiano debe aspirar, de tener una relación cada día más íntima y profunda con su Creador. Dios nos perdona, ciertamente, pero el daño hecho a nuestro crecimiento espiritual por el pecado cometido es grande.

De ahí que haya habido hombres y mujeres santas en la historia que hayan preferido mil veces morir antes que pecar. Pero ¿cuántos de nosotros, puestos ante esa disyuntiva de morir o pecar, escogeríamos morir antes que ofender a Dios? Me temo que muchos –incluso yo mismo- teniendo la seguridad de que seremos perdonados, preferiríamos pecar a perder la vida. Eso es así porque amamos más nuestra vida que al autor de la vida; más al regalo de vivir que a Aquel de quien lo recibimos. Pero Jesús dijo: “El que quiera salvar su vida, la perderá” (Mr 8:35). Porque si pecase ¿qué seguridad tiene de que se arrepentirá antes de que pierda la vida, digamos, por ejemplo, en un accidente? ¿qué seguridad tiene de que se arrepentirá antes de que haya terminado de pecar? Una sola: la que le proporcione la misericordia y fidelidad de Dios.

1b. “Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”

Juan enseguida quiere asegurar a sus lectores que si acaso hubieran pecado, tienen una esperanza: Jesús es nuestro abogado. ¿Qué significa eso? Pues lo que está dicho, que si pecamos necesitamos un abogado que nos defienda ante el tribunal de Dios.

El perdón no le viene tan fácil al cristiano, aunque se arrepienta. Jesús tendrá que contender como nuestro abogado defensor con el Padre para arrancarle el perdón. Sabemos que lo obtendrá, pero que le costará. Le costará (o le costó) la vida. Sabiendo eso ¡con qué dolor no debemos arrepentirnos de haber pecado! Yo creo –y espero no decir una herejía- que la profundidad de nuestro arrepentimiento proporciona argumentos a Jesús para obtener nuestro perdón. No porque el arrepentimiento en sí no sea suficiente, sino porque cuanto más profundo sea, más fácilmente obtendrá que la sangre de Cristo nos limpie.

Notemos que al decir Juan que tenemos un abogado para con el Padre, a Jesucristo, está diciendo implícitamente que ningún otro puede abogar con éxito por nosotros ante el trono de Dios, que sólo Él puede hacerlo porque, como dirá enseguida, “Él es propiciación por nuestros pecados.” (vers. 2). Es ese hecho lo que le permite ser nuestro abogado defensor. Como sólo Él es propiciación por nuestros pecados, sólo Él puede abogar a nuestro favor. El sacrificio de ningún otro hombre puede sernos de utilidad, la defensa de ningún otro abogado puede aplacar la ira de Dios.

Recordemos que el pecado levanta una barrera de separación entre nosotros y Dios. Cuanto mayor haya sido nuestro avance previo, mayor será la muralla que el pecado levante. “Porque al que mucho se le ha dado, mucho se le demandará.” (Lc 12:48)

Sí. No lo olvidemos. El pecado del cristiano es más grave que el pecado del pagano. No olvidemos que Jesús dijo: “¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Que si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que sentadas en cilicio y ceniza, se habrían arrepentido. Por tanto, en el juicio será más tolerable el castigo para Tiro y Sidón, que para vosotras.” (Lc. 10:13,14).

¿Por qué será el castigo de Tiro y Sidón (es decir, el castigo de sus habitantes) más tolerable –menos severo- que el de Corazín y Betsaida? Porque Tiro y Sidón eran ciudades paganas que habían recibido poca luz, mientras que los habitantes de Corazín y Betsaida conocían la ley y los profetas. Su pecado de incredulidad era más grave que el de las ciudades paganas porque habían recibido el conocimiento que les hubiera debido facilitar creer en el mensaje de Cristo, que estaba además siendo confirmado ante sus ojos por los milagros que hacía. Pero la luz que poseían les impidió reconocer una luz mejor. http://groups.google.com.pe/group/la-vida-y-la-palabra/web/cristo-nuestro-abogado

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Comentarios

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I like it very much, thank you 

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Todos los regalos del Altisimo son fuente de bendiciones.Yo ,insisto en la verdadera fe en Cristo Jesus,el verdadero hombre,y verdadero Dios.El Señor los BENDIGA.

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