«LA MAÑANA DE SAN JUAN»...

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«Gabriel y Carlos jugaban [con frecuencia] en el jardín. Gabriel tenía seis años; Carlos, siete. Pero un día la madre de Gabriel y Carlos cayó [enferma] en cama, y no hubo quien vigilara sus alegres correrías. Era el día de San Juan. Cuando empezaba a declinar la tarde, Gabriel dijo a Carlos:

»?Mira, mamá duerme y ya hemos roto nuestros fusiles. Vamos a la [represa]....

»Carlos, que era el mayor, tuvo algunos escrúpulos ligeros. Pero el delito no era tan [grande]....

»?¡Vamos! ?le dijo?. Llevaremos un [periódico] para hacer barcos de papel y les cortaremos las alas a las moscas para que sirvan de marineros.

»Y Carlos y Gabriel salieron muy [callados]... y corrieron a todo escape por el campo. Muy en breve llegaron a la [represa]. No había nadie... Carlos cortó en pedazos el [periódico] e hizo dos barcos... Las pobres moscas que iban sin alas y cautivas en una caja de obleas tripularon humildemente las embarcaciones. Por desgracia, la víspera habían limpiado la [represa], y estaba el agua un poco baja. Gabriel no la alcanzaba con sus manos. Carlos, que era el mayor, le dijo:

»?Déjame a mí que soy más grande.

»Pero Carlos tampoco la alcanzaba. Trepó entonces sobre el pretil de piedra, levantando las plantas de la tierra, alargó el brazo e iba a tocar el agua y a dejar en ella el barco, cuando, perdiendo el equilibrio, cayó al tranquilo seno de las ondas. Gabriel lanzó un agudo grito. Rompiéndose las uñas con las piedras [y] rasgándose la ropa, a viva fuerza logró también encaramarse sobre la cornisa, tendiendo casi todo el [pecho] sobre el agua. Las ondas se agitaban todavía. Adentro estaba Carlos. De súbito, aparece en la superficie, con la cara amoratada, arrojando agua por la nariz y por la boca.

»?¡Hermano! ¡Hermano!

»?¡Ven acá! ¡Ven acá! No quiero que te mueras.

»Nadie oía. Los niños pedían socorro, estremeciendo el aire con sus gritos; no acudía [nadie]....

»... Carlos... logró ponerse junto [al] pretil y alzó una mano. Gabriel la apretó con las manitas suyas....

»... Las lágrimas amargas de Gabriel caían sobre la cabeza de su hermano. ¡Se veían juntos, cara a cara, apretándose las manos, y uno iba a morirse!

»... las manitas ya moradas se aflojaron.... Ya no tenían los niños fuerza en sus pulmones para pedir socorro. Ya se abren las aguas... Ya se cierran y sólo queda por un segundo, sobre la onda azul, un bucle lacio de cabellos rubios.

»Gabriel [echó] a correr en dirección del caserío, tropezando, cayendo sobre las piedras que lo herían. ...cuando el cuerpo de Carlos se encontró, ya estaba frío, tan frío que la madre, al besarlo, quedó muerta.» 1

Vale la pena notar que si en este cuento del escritor mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, Gabriel hubiera podido salvar a su hermano Carlos, habría hecho algo parecido a lo que hizo Jesucristo, el hijo de Dios. Sólo que, para de veras asemejarse a lo que hizo Cristo, Gabriel hubiera tenido que dar la vida por Carlos, sabiendo que esa era la única manera de salvarlo, así como Cristo, enviado por su Padre, dio la vida para salvarnos a nosotros, sus hermanos en potencia.

http://www.conciencia.net/main.aspx?ID="2008abr05&v=1

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